Una epidemia mundial que no se detiene

La enfermedad creció dramáticamente en las últimas dos décadas, al compás de la obesidad y el sedentarismo

Las cifras son preocupantes: en 1985, había unos 30 millones de personas con diabetes en el mundo. Hoy la enfermedad afecta a más de 230 millones y todo indica que, de no mediar intervenciones efectivas, en dos décadas habrá en el mundo 350 millones de diabéticos. Nuestro país no es la excepción. Los cálculos indican que entre un 6 y un 7% de la población argentina (alrededor de 3 millones de personas) vive con diabetes. Cerca de la mitad desconoce su problema y el 30% de quienes lo conocen no hace ningún tipo de control.

mapa-diabetisEl impacto de la epidemia se vincula con el drástico crecimiento de la forma más frecuente de diabetes, la tipo 2 (cerca del 90% de los casos), antes llamada no insulinodependiente, que, si bien está en relación con la predisposición genética, debe su explosiva irrupción a una alimentación rica en grasas y azúcares, sedentarismo y obesidad. Antes, esta diabetes aparecía luego de los 40 o 50 años. Pero ahora, con chicos cada vez más obesos y sedentarios, se presenta ya desde la niñez.

Enfermedad se caracteriza por la falta total o la deficiente acción de la hormona insulina –la “llave” que abre la puerta de las células para que en éstas ingrese la glucosa (energía) que consumimos con los alimentos. La forma menos frecuente, que representa entre el 10% y 15% de los casos, es la diabetes tipo 1, fruto de una reacción autoinmune que hace que por un motivo aún no desentrañado el organismo se ataque a sí mismo y destruya sus células beta, que producen insulina en el páncreas. Por eso, los diabéticos tipo 1 necesitan insulina para vivir, y también en estos casos –como en la diabetes tipo 2– hay un componente hereditario. La tipo 1 puede aparecer a cualquier edad, pero es más frecuente en la niñez o en la juventud, y suele ser de comienzo más “espectacular”: el páncreas se queda sin células beta y sin insulina, y el organismo, cargado de glucosa y sin poder usarla como energía, intenta desesperadamente eliminarla a través de la orina. La persona tiene mucha sed, así como hambre excesiva, y al mismo tiempo va perdiendo peso porque sus células no reciben energía. Los síntomas de diabetes tipo 2 son menos claros y a menudo transcurren entre 5 y 10 años antes del diagnóstico. En ese momento, generalmente ya ha producido alguna de las complicaciones crónicas (ver infografía) que podrían haberse prevenido con tratamiento adecuado. Sin embargo, su presencia puede sospecharse si existe obesidad abdominal (88 cm en las mujeres, 102 en los varones), alto colesterol, hipertensión arterial y antecedentes familiares.

La diabetes tipo 1 se trata con insulina; la tipo 2, con medicamentos orales y, en un número creciente de casos, también con insulina. Pero un elemento clave –si no el más– del tratamiento no viene en píldoras ni en inyecciones: se llama educación.

“La educación en diabetes no tiene prestigio, ni entre los pacientes ni entre los médicos, y eso hace que muchos diabéticos no se incorporen activamente al control y el tratamiento de su enfermedad, que es algo fundamental”, dice con preocupación el doctor Juan José Gagliardino, director del Centro de Endocrinología Experimental y Aplicada (Cenexa), un prestigioso instituto dependiente del Conicet que funciona en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de La Plata (UNLP). Gagliardino dirige junto con la profesora María del C. Malbrán la primera Maestría en Educación de Personas con Diabetes y otros Factores de Riesgo Cardiovascular, que dura dos años y se cursa en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP. “Pueden ingresar egresados universitarios o terciarios de las áreas de salud, educación y trabajo social –dice–. Pronto tendremos los primeros graduados. Nuestro objetivo es prestigiar la educación en diabetes.”

El futuro más cercano
El año próximo, dos nuevos productos llegarán al mercado argentino: la insulina inhalada y la exenatida, pionera de un nuevo tipo de drogas llamadas incretin miméticos.

Será la primera vez que se disponga de una versión no inyectable de insulina. ¿Es el adiós a las agujas? Definitivamente, no. La insulina inhalada reemplazará las dosis de antes de las comidas, pero no la insulina basal, que se inyecta al comenzar el día.

Sin embargo, y por otra parte, no parece ser la aguja lo que más temen los diabéticos.

“El temor es a la insulina –dice Gagliardino–. Y otra vez lo tenemos que achacar a la falta de educación. La gente asocia la insulina con que se la dieron a la abuelita y al poco tiempo empeoró o falleció. El problema es que casi siempre llega tarde: en muchos pacientes tipo 2 habría que dársela antes, pero la indican cuando ya hay complicaciones.”

La insulina inhalada tampoco será para todos: hasta tanto no haya más estudios, estará contraindicada en niños, en fumadores y en casos de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC).

En cuanto a la exenatida, será un producto inyectable indicado para diabéticos tipo 2 que no hayan alcanzado las metas terapéuticas con otros antidiabéticos orales. Este nuevo fármaco es fruto de las investigaciones del endocrinólogo John Eng, que estudiando la saliva de un lagarto llamado “monstruo de Gila”, que habita los desiertos de México y del sudoeste de los EE.UU., descubrió uno de los secretos que le permitían alimentarse tan sólo 3 o 4 veces por año pero administrar sabiamente su energía: era una hormona presente en su saliva que llamó exendin-4. Eng descubrió que la sustancia tenía poderosos efectos hipoglucemiantes y la encontró similar a la hormona Péptido 1 semejante al glucagón (GLP-1), presente en el intestino humano y que también garantiza un suministro estable de glucosa.

“Podría cambiar la historia natural de la enfermedad –enfatiza el doctor Julio César Bragagnolo, jefe del Servicio de Nutrición y Diabetes del hospital Ramos Mejía–; el primero que parecería mostrar una tendencia a la conservación de la función de las células beta en el páncreas. Es un mecanismo atractivo, porque induce saciedad, ayuda a bajar de peso y mejora la sensibilidad de la célula beta y la secreción de la insulina endógena.” El principal efecto adverso son las náuseas.

Uno de los grandes sueños son métodos no invasivos para medir la glucemia, que hasta ahora demandan el uso de una gotita de sangre, infinitamente pequeña, pero gotita de sangre al fin. Unas 10 compañías internacionales anuncian sensores transcutáneos, dispositivos que envían rayos de luz al ojo, captan información por ultrasonido o a través de la saliva o las lágrimas para decirle adiós al pinchazo…

“Nada por ahora –advierte Bragagnolo–. No existe nada que iguale a la gotita de sangre del dedo, que da información inmediata, sin demora. Estos nuevos sistemas están en desarrollo, podrían servir para analizar cómo estuvo un paciente, pero no para decidir conductas en materia de medicación, o tener bien controlada la diabetes.”

Aviso importante; Este documento tiene como único objetivo educar a la población. Su propósito no es, ni debería interpretarse como si lo fuera, ofrecer sugerencias médicas o instrucciones de ningún tipo. Se recomienda que todas las personas que vean esta información consulten a sus propios médicos para todos los asuntos que tengan que ver con su salud y atención médica. '